
Eco-grafías de la montaña azul 08. Una bolsa de palabras para recomenzar todo.
En un bello texto de 1989, la premio Nobel de literatura y maestra de la ciencia ficción ecofeminista y decolonial Úrsula K. Le Guin afirmaba que “el primer dispositivo cultural fue probablemente un recipiente para recoger productos recolectados…” y no un palo o un hueso largo para golpear y asesinar a un semejante como nos ha vendido la paleo-antropología (euro-céntrica y patriarcal) y cierto cine.
En ese texto, titulado “La teoría de la ficción como bolsa”, nuestra admirada maestra añade que “todos hemos escuchado todo acerca de los palos, lanzas y espadas, las cosas para golpear, golpear y golpear, las cosas largas y duras, pero no hemos escuchado sobre las cosas para poner cosas, el contenedor de la cosa contenida” y propugna la necesidad de escapar de ese relato patriarcal del héroe, de la caza, de la violencia y el progreso lineal y prestar atención a las historias no narradas, y no lineales sino circulares, de la vida, las historias humildes pero muy significativas de la recolección, del cuidado, de la siembra, las historias contenidas en los objetos cóncavos: las cestas, las bolsas, las mallas, las conchas para beber agua o compartir unos granos de avena.
Esta bella teoría crítica de la literatura y de la antropología que defiende Le Guin es utilizada como humus fertilizante por Donna Haraway en el sexto capítulo de su ‘Seguir con el Problema’, titulado “Sembrar mundos. Una bolsa de semillas para terraformar con alteridades terráqueas”, en el que reivindica una narración sinuosa, circular, “relatos enredados para volver a narrar, o volver a sembrar, posibilidades para llevarse bien”. Desde un optimismo que no evita la constatación de la tragedia a la que nos aboca el Capitaloceno, Haraway sostiene que necesitamos volver a sembrar, que la recuperación aún es posible “pero sólo en alianzas multiespecies, por encima de las divisiones asesinas de naturaleza, cultura y tecnología y de organismos, de lenguaje y máquina” y que cuanta más atención ponemos a la realidad histórico-cultural-natural que habitamos en el planeta Tierra más podemos comprender que el nombre del juego de vivir (y morir) aquí, en Gaia, es SIMBIOSIS: “el acoplamiento de la especies compañeras, juntas compartiendo mesa”.
Pero a Donna Haraway prometo volver más adelante en otro artículo-bolsa, y quizás también a Le Guin, a quién le debo (y yo creo que todas le debemos) tanto. Ahora quiero quedarme con esta idea del relato como contenedor, como recipiente, como mochila en la que recolectar y desde la que compartir, como cuenco desde el que nombrar lo que duele y lo que nutre, lo que nutre y sirve de refugio para contener (con-tener, tener-con) lo que duele, relato como red a través de la que podemos mirar el mundo, y a la vez, en la que podemos descansar, como en una hamaca tejida con palabras, del ruido, de este sordo y amargo rumor de la distopía en ciernes que “los héroes” nos están administrando con una violencia que ya es casi apocalíptica, o sin casi.
Escribir para conversar (versar-con) con las autoras y autores que acompañan e informan los días de la montaña azul, pero también para conversar con las posibles lectoras, en un tiempo en que las redes (anti) sociales arrinconan y acosan la posibilidad del discurrir juntas que está en el núcleo de la comunicación horizontal, de la comunicación que teje redes de afecto y cooperación.
Conversar también con las otras especies compañeras en esta aventura de vivir y morir en Gaia, esta aventura de comer y ser comido en la cadena trófica global. Conversación multiespecies que siempre empieza por escuchar. Si tenemos dos oídos y una sola boca es porque debemos escuchar el doble de lo que hablamos, y debemos escuchar más y con más atención a los otros no-humanos que tienen tanto que enseñarnos y a los que llevamos silenciando, cuando no masacrando, demasiados siglos.
Esta primavera ha sido cálida pero bastante benigna en cuanto a lluvias en la montaña azul que somos. Salgo a recolectar orégano, hipérico y mejorana, las lluvias primaverales le han venido de perlas al orégano y este año tenemos cabezas florales espléndidas que condimentarán mis cazuelas y las de mis seres queridos…
Estas lluvias que han alcanzado hasta después del solsticio han permitido también a los robles tener un respiro y poder rebrotar después del ataque brutal de los lepidóteros Totrix Viridiana y Malacosoma Neustria (gracias Félix por la asesoría entomológica), que los defoliaron bárbaramente al principio de la primavera. En muchos puntos de estas laderas del eco-tono de Gredos, los Quercus Pyrenaica quedaron arrasados por la plaga de estas orugas que cada año parecen prosperar más, y que son otro factor de padecimiento añadido para el sufrido bosque que cada año muestra más síntomas y señales de agotamiento. Parece evidente que una de las causas del exceso de orugas defoliadoras es el cada vez más grave declive de las poblaciones de aves insectívoras.
Hace 62 años que la bióloga marina Rachel Carson publicó La Primavera Silenciosa, el libro seminal en que denunciaba que los efectos nocivos de los pesticidas empleados en agricultura iban a arruinar la biodiversidad y acabar, entre otros, con los pájaros que alegraban las primaveras. Fue vilipendiada, atacada, amenazada por la industria, por “científicos” y políticos a sueldo de esta, fue calumniada y acusada de exagerada… Murió de cáncer apenas un año y medio después de la publicación de esta obra que se considera pionera del movimiento ecologista, murió acosada, amargada y atacada, pero puso la primera piedra del movimiento que lograría la prohibición del fatídico DDT, y la puesta en marcha de la Agencia de Protección Ambiental de los USA.
Sin embargo, más de medio siglo después, el declive de los pájaros es directamente proporcional al incremento de los casos de cáncer y otras enfermedades graves entre la población, y todavía tenemos que soportar las protestas de las organizaciones agrarias y sus muy manipulados agricultores porque no les dejan envenenar libremente las tierras, las aguas y los alimentos que nos sirven. Como dice Jane Goodall no sé en qué momento se nos ocurrió que podía ser una buena idea cultivar alimentos con venenos, y no sé cuándo dejamos de practicar una agro-ganadería simbiótica en alianza multiespecies y cooperación mutualista para pasar a una agricultura de guerra y conquista, de rapiña y extractivismo que socava las bases de la reproducción de las condiciones de la vida toda y perjudica la salud de los trabajadores y consumidores para el sólo beneficio del emporio multinacional agro-químico, y del de la maquinaria agrícola y de las semillas.
Bueno: sí que sé cuándo se nos ocurrieron estas brillantes ideas, pero es muy largo de detallar y lo dejo para otro día. Sigamos rebuscando en esta bolsa tupida de palabras e ideas, aún queda mucho por nombrar y compartir en su seno.
Esta primavera lluviosa, como decíamos (y deseábamos), nos ha permitido una buena siembra de agua. Estamos ya inaugurando el mes de la canícula y aún corre agua por las regueras y las acequias de los riegos tradicionales de esta comarca que algunas y algunos estamos recuperando. En dos de las aldeas de esta vertiente sur de la montaña azul se ha empezado a desandar la senda extractivista y catastrófica en la gestión de aguas que hemos recorrido a lo largo de los últimos decenios, una senda que ha consistido en estrujar la montaña y exacerbar la extracción de aguas subterráneas por medio de los malditos pozos de sondeo, y sobreexplotando las aguas superficiales, todo para alimentar el desarrollo urbanístico, la turistificación y la explosión de los cultivos de regadío.
En vez de seguir extrayendo, bombeando, dilapidando y contaminando agua de las entrañas de la montaña, algunas han empezado a hacer lo contrario: sembrar agua, o sea, desviar las abundantes aguas primaverales de las gargantas para infiltrarla en las laderas y recargar los acuíferos.
Recargar los acuíferos es aumentar la disponibilidad de agua en el sistema agro-forestal y hacerlo más resistente ante la amenaza de los incendios, es también favorecer el crecimiento de la vegetación que fija más CO2, y fomentar la biodiversidad. Sembrar agua es una vieja tecnología blanda de manejo de los ecosistemas agro-forestales que data de hace más de mil años: la trajeron los árabes y en concreto los y las yemenís que repoblaron las Alpujarras del sur de esa otra gran montaña mágica que conocemos como Sierra Nevada. Campesinado yemení que, en un trabajo hercúleo, aterrazó y llevó el regadío a todas esas laderas y que nos ha dejado un legado de incalculable valor cultural-natural. Ese mismo sistema de terrazas que “crían suelo” al reducir la erosión, y que siembra de agua y verde con riegos impulsados por la fuerza de la gravedad, es el que se implementó aquí y ha modelado el paisaje de esta montaña que me acoge. Un paisaje único y valiosísimo amenazado por el abandono y progresiva destrucción de las terrazas o gavias (la montaña se desmorona, los suelos fértiles se pierden) y por el abandono de los riegos, acequias, pesqueras y demás infraestructuras arcaicas… pero cargadas de futuro. Si hay futuro en la gestión de aguas en tiempos de ruptura climática, este pasa por manejos amorosos y cuidadosos del agua como este, y no por el cemento, las perforaciones y el saqueo con tecnologías fálicas de las venas hídricas de la madre tierra.
Hay, por tanto, que estar profundamente agradecido de vivir en una esquina de la tierra en que aún llueve y todavía queda la memoria cultural y el deseo humano de recuperar los ancestrales caminos del agua. Sobre todo en este tiempo de ignominia y genocidio: las últimas imágenes que vi voluntariamente del genocidio con el que convivimos y ‘conmorimos’ fue la de unos soldados sionistas sellando un pozo con hormigón… Sé que hay imágenes más crueles a patadas, pero esa colmó mi dolor y mi impotencia, y desde entonces evito exponerme a imágenes del genocidio, que no es que no lo sufra y me compadezca profundamente, pero es que no veo en qué ayuda a las víctimas esa pornografía de la violencia que nos suministramos. Una pornografía sangrienta que, al menos a mí, me desmoraliza y desmoviliza. Prefiero coger la azada, o zacho, y sembrar agua mientras rezo, pido perdón y sigo contribuyendo, ahora más que nunca, a la UNRWA.
En estos días del genocidio infausto y de la amenaza de deriva atómica en la guerra que la OTAN y la Federación Rusa libran sobre el desgraciado pueblo y ecosistemas de Ucrania, pienso mucho en Petra Kelly, la ecofeminista que fundó Die Grünen, el partido verde alemán, otra mujer que murió asesinada por su (malvado) compañero Gert Bastian (no en vano ex-general del ejército alemán) hace 32 años. La pobre pionera y mártir de la ecología política se dolería mucho hoy día al asistir a la deriva belicista y sionista del partido que nació para defender la paz, la ecología y el desarme nuclear y se ha convertido en uno de los principales instigadores de la tensión bélica y el odio.
Petra Kelly fue una referencia y un ejemplo muy importante en mi socialización temprana y en mi proceso de concienciación, nunca la he olvidado, pero su historia trágica me la he vuelto a encontrar en estos días distópicos mientras leía, a la sombra y cobijo de los robles, ‘Planeta Invernadero’, la segunda novela de Rafael Navarro de Castro después de su gran debut con ‘Tierra Desnuda’.
‘Planeta Invernadero’ está ambientada en el poniente almeriense que, pese a recibir el calificativo de “huerta de Europa”, es en realidad y sin eufemismos uno de los lugares más horribles del planeta, en el que se condensan las peores técnicas y prácticas de la agricultura intensiva, la explotación brutal de la mano de obra migrante en régimen de esclavitud moderna y un sustrato social de caciquismo, racismo y fascismo social insoportables y deshumanizadores… y encima el turismo. Todo lo peor y nada más que lo peor. Una novela que todos y todas deberían leer para conocer las historias, los expolios, las contaminaciones, las opresiones y dramas que hay detrás de esos tomates (insípidos) y esos calabacines (en enero) que llegan a nuestros platos a precios tan baratos como injustos. Con Rafael Navarro comparto líneas de vida y eventos biográficos que van más allá de lo puntual, sin conocerle personalmente le siento hermano, y puedo atestiguar lo verídico de su relato: conocí de primera mano los escenarios que recorre su novela en la peor época de mi vida, lo que no deja de ser una fértil coincidencia o irónica sincronía entre el infierno interior y el infierno exterior. Una experiencia inolvidable, infernal, pero para olvidar o al menos silenciar.
Para olvidar, es que paseo por estos bosques de ladera, para olvidar que las temperaturas han alcanzado este mes de Julio más de 50 grados centígrados en Irán y en la costa Oeste de los USA, para olvidar que los glaciares de Alaska se derriten a pasos agigantados y que nuevos estudios certifican el grave estado de la AMOC, para olvidar que Beryl es el huracán más temprano registrado y con un poder destrucción acelerado nunca visto. Por mucho que el negacionismo insista, la crisis climática certifica que el orden de Gaia ha irrumpido en el orden humano y lo está desbaratando. ¿Cómo habitar el colapso sin desesperar y sin colaborar con él?, es la pregunta que me hago mientras me saturo del verde del bosque, es la pregunta que le formulo desde la impotencia a la comunidad de seres del bosque… y quizás la respuesta que me susurran empieza por ahí: aceptar la impotencia, matar esa fantasía antropocéntrica de que tenemos control y poder, no podemos nada contra las fuerzas destructivas desatadas por la tecnología y el capitalismo, no pueden ni siquiera los mandamases del G-20.
Aquí abajo podemos y debemos no colaborar con la máquina de muerte, aceptar que hay una inteligencia superior, la de Gaia, y trabajar para ella, pero sin esperanza de que vayamos a recibir recompensa, hay que desmercantilizar también el deseo, la ética y la resistencia. Hay que imitar la generosidad sin límite (la generosidad y el amor es lo único que no tiene límite termodinámico) de los árboles del bosque que trabajan más para el colectivo que para sí mismos, dice Carlos de Castro (‘Reencontrando a Gaia’, Ediciones del Genal) que Gaia premia a las especies que son ineficientes en el uso egoísta de los recursos, por lo que es probable que inversamente penalice o castigue un sistema como el capitalista que se fundamenta en el egoísmo desacerbado y la ineficiencia generalizada, de hecho ya lo está haciendo.
En esta fase final de este terrible sistema histórico se está desvelando el insufrible nivel de violencia que le constituyó en el pasado y que le constituye hoy día porque le es inherente. Asistimos impotentes a lo que Bifo denomina la emergencia de una mutación de la conciencia colectiva que él denomina “brutalismo”: la extensión y profundización de la violencia como fundamento último de la vida social, el régimen de guerra como forma de dominio y técnica de soberanía, de la que el chantaje atómico es el argumento definitivo y total, la violencia máxima, el nihilismo absoluto de la destrucción mutua asegurada, la extinción como horizonte posible.
Gil-Manuel Hernàndez i Marti escribía ayer mismo en Rebelión un artículo sobre el exterminismo, término con que se definen las políticas y prácticas con que las élites están afrontando la crisis multidimensional que habitamos en esta fase “catabólica” del capitalismo y que “abarca la ruina ambiental, la aniquilación demográfica derivada de una desigualdad cada vez más extrema, una violencia estructural en aumento, azuzada por políticas sociales necroliberales, la militarización de los conflictos sociales y el recurso a la guerra y al genocidio como ‘solución final’”. Citando al historiador camerunés Achille Mbembe, el ‘brutalismo’ describiría “una lógica de dominación marcada por la crueldad y falta de consideración por la vida humana y el planeta”, en un programa perverso que incluye la eliminación política, simbólica y física del ‘excedentariado’: las capas cada vez más amplias de población que, en el Norte y sobre todo en el Sur, son consideradas innecesarias, o incluso obstáculos, para el funcionamiento del sistema-mundo capitalista.
Las recientes elecciones en el “jardín europeo” dan una buena muestra del avance entre los pueblos europeos de esta subjetividad racista, arcaizante y fascista que parecía haber quedado enterrada por la sangrienta historia del siglo XX, pero que en el fondo habitaba en el laberinto del inconsciente colectivo alimentándose de los monstruos del neodarwinismo, el colonialismo, el excepcionalismo humano, el machismo, el nacionalismo, el consumismo desaforado paralelo a la desesperación espiritual, el hedonismo materialista más pueril, … Ferrán Puig Vilar (su blog: ustednoselocree) se refiere a esta crisis de sentido así: “no estamos frente a ninguna encrucijada. Estamos al final de un camino, el camino del progreso”.
Y la pregunta que me sigo formulando mientras paseo entre robles y enebros es cómo aguantar este tsunami de negatividad y desesperación que anega nuestras conciencias, si definitivamente la impotencia individual y colectiva es constatable, ¿qué sentido tiene entonces la vida en las postrimerías del capitalismo?, ¿para qué vale la lucha, la denuncia, la crítica e incluso el mismo pensamiento y las palabras?, si estamos a la orilla de la hecatombe atómica, o de la climática, o de la energética, o de todas combinadas, ¿en base a qué seguir caminando?.
Y la única respuesta que hallo a estas agónicas cuestiones emana de la observación atenta de la inteligencia superior de Gaia que se despliega en el mundo vegetal. Por fortuna en estos días me refugio en ‘Reserva de Musgo’ el segundo libro traducido al castellano de Robin Wall Kimmerer (ed. Capitán Swing), una colección de ensayos sobre los pioneros del mundo vegetal, que es casi tanto como decir los pioneros de la vida terrestre: los musgos, la más primitiva de las plantas terrestres, que hace 350 millones de años, en el Devónico, emergieron del agua para colonizar la tierra, “son las plantas más simples y, en su simplicidad, las más elegantes. Con sólo unos pocos elementos rudimentarios –tallo y hoja-, la evolución ha producido unas veintidós mil especies de musgos en todo el mundo”. Kimmerer vuelve aquí a enseñarnos que la observación, o más bien la escucha atenta, de los procesos más íntimos de la vida natural puede contener respuestas increíblemente fértiles para nuestras incertidumbres y retos. “Ocupados en sus propios afanes, la hormiga, la semilla y el musgo trabajan juntos, involuntariamente, para cubrir los espacios vacíos, para sembrar un bosque en esta roca desnuda. El proceso de sucesión ecológica es como un circuito de retroalimentación positiva, un imán de vida que atrae más vida”.
Así mismo, a semejanza de los humildes musgos, es que debemos sentir, pensar y actuar en estos tiempos trágicos: viviendo como si un nuevo mundo estuviera en ciernes nada más cruzar la noche oscura del final de este. Cooperando para edificar la ‘simbioética’ de la que habla Jorge Reichmann, la ética mutualista de la convivencia de los holobiontes humanos entre sí y con los ‘otros bichos’ que diría la Haraway. Conspirando para imaginar las políticas de Gaia al margen y contra las necropolíticas del capital, del estado y de todas las ideologías del siglo XIX que nos han traído hasta este infierno en una tierra que podría ser un paraíso, que podrá ser un paraíso. Buscando refugios para las ideas y sentimientos, refugios para los migrantes y refugiadas climáticas, refugios para la infancia y los niños y niñas de la tierra nueva. Mezclando y compostando humus para que broten las semillas. Buscando huecos para que resistan y se defiendan las comunidades. Haciendo memoria para recordar las herencias, para recuperar las palabras, los cuentos, los relatos, los mitos…
Incansables, irreductibles, proliferantes como los musgos, trabajando en la oscuridad como los hongos, elevando la mirada al cielo como los árboles, apostando por la colectividad como las hormigas, esperando con la paciencia de las rocas y las montañas azules y verdes la autoderrota que se va infligir el mal, el brutalismo y el capital, y luego ahí, justo ahí recomenzar la historia.
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