
Amanece en la montaña azul, no es jueves, ni sábado, ni domingo, por lo que no suenan los disparos de la guerra legalizada contra la fauna que nos queda.
A mí me gusta mucho la lluvia, esa que te abraza, que empapa hasta las ideas y preña de esperanza la tierra. Desde pequeño siempre sostengo que “mientras llueva hay esperanza”, no sé de dónde me saqué, o dónde escuché, esa verdad. El hecho es que ya no llueve como antes, peor aún: ya no llueve. Hemos pasado el otoño más cálido y seco que recuerdo en los 25 años que llevo de “acampada provisional permanente” a la orilla de una pequeña garganta de esta montaña azul. Nunca he visto descender por este cauce frío de granito tan poca agua en un otoño. El año pasado no nevó en las cumbres, y vamos por el camino de que este sea el segundo año consecutivo sin nieve, ni siquiera el imponente Almanzor se viste de blanco. Y continúa el bloqueo anticiclónico, cuando escucho denominar a esto “buen tiempo” me dan ganas de llorar.
Es verdad que soy de lágrima fácil: recogí tomates maduros el 5 de Enero y me dieron ganas de llorar, a principios de diciembre algunos malnacidos y peor criados provocaron un incendio que arrasó más de doscientas hectáreas de robledal y enebral, y también lloré. Dice Joanna Macy que es Gaia la que llora a través de nosotros y nosotras, que el lamento por la situación crítica de la Tierra es una forma de salud espiritual, pero no hay que quedarse atrapado ahí: la situación es desesperada pero no totalmente desesperanzada. Hay que aprender de las otras especies que conforman el círculo de la “democracia de las especies”, a mí me gusta poner atención a lo que nos tienen que enseñar los pájaros y los árboles.
Petirrojos, Carboneros, Herrerillos y Trepadores Azules acuden todas las mañanas al comedero invernal que les pongo al otro lado de la cristalera, el Mirlo es más esquivo y no gusta de subir al comedero, prefiere rebuscar por el suelo lo que se les cae a los otros, últimamente acude una nueva especie: el Chochín, un “troglodita” muy vivaz que en estos días, de helada severa y seca como un cura católico de mi infancia, se acerca a comer alguna semilla pese a que su dieta es preferiblemente insectívora. En realidad, todos estos paseriformes son insectívoros que en invierno recurren a la despensa vegetal, pero en cuanto la primavera haga eclosionar la muchedumbre de insectos, verdadero maná del bosque, dejarán de acudir al comedero. Son los herederos de los dinosaurios, supervivientes de la última gran extinción, y todo nuestro empeño debería ser que sobrevivan a esta extinción del Capitaloceno que hemos emprendido hace sólo 500 años.
El meteorito patriarcal y capitalista es de una efectividad y una crueldad sin parangón: nunca tantos han sufrido tanto a causa de tan pocos, nunca el egoísmo de una minoría ha hecho tanto daño, nunca el crimen ha gobernado tan efectiva y soberanamente la economía, la política, la cultura, la justicia, las costumbres, las relaciones… y sin embargo los paseriformes siguen cantando, saludan al sol por la mañana y le despiden por la tarde, me les imagino preocupados por la falta de lluvia, pero eso no les impide seguir gozando de los días de su vida alada, me les imagino enfadados y asustados por los incendios, pero ellos continúan su labor homeopática de fertilización de los campos, su trabajo curativo en los árboles, su control distribuido y biológico de plagas, su tarea de enfriar la atmósfera que nosotros recalentamos con ardor suicida.
Los árboles son de un linaje más viejo todavía: 450 millones de años llevan vistiendo con un estilismo deslumbrante la epidermis emergida de Gaia, produciendo toda la riqueza primaria a partir de luz solar, agua y minerales, repartiendo con generosidad franciscana azúcares, lignina, oxígeno y todo tipo de materiales entre la nación de los animales que dependemos absoluta y radicalmente de ellos. Vivo rodeado de árboles que estaban mucho antes de que yo siquiera hubiera nacido. Algunos, no muchos, estaban ya antes de que Napoleón visitara este país maltratado por los borbones y han asistido con mucha pena, y a veces rabia, al lamentable espectáculo que los españoles hemos dado durante los siglos XIX y XX,… Procuro aprender de ellos, procuro apostar a que cuando muera ellos seguirán ahí vivos, acogiendo a otros habitantes humanos y no humanos… pero su supervivencia no está asegurada: están los malnacidos con sus mecheros, sus escopetas, su perversidad moral imperdonable, están las enfermedades, está la sequía y el cambio climático, está la lluvia ácida, está la central nuclear, está la guerra del capital contra Gaia en la que ellos tienden a ser víctimas colaterales, silenciosas, silenciadas, víctimas de esas que nadie llora, que a nadie importan.
Este es un bosque abandonado a la soledad de sus multitudes no humanas, los humanos viven más abajo y se han autoexiliado de su luz y de su sabiduría mineral-vegetal-animal. Por aquí no viene nadie a pasear, a contemplar, a filosofar. Es trágico: los humanos viven abajo pendientes de su bolsillo como si se fueran a llevar los dineritos a la tumba, de sus pantallas alienantes, de sus problemillas de ego…, ignoran la montaña, viven de espaldas y contra ella, desprecian cuando no temen al bosque, no verás nunca a los niños y niñas jugando en el monte, ni a los jóvenes haciendo excursiones, ni a los ancianos a la sombra de los castaños, por aquí cuando viene alguien es a hacer daño, a robar recursos, a asesinar animales, a meterle fuego al monte, a llevarse el agua, a erosionar los caminos con sus vehículos, a meter ruido e insultar a la decencia, pocas veces pasan ciclistas, casi nunca caminantes amantes de la flora y la fauna, es tan raro escuchar las risas de los juegos de la infancia… Nos hemos autoexiliado del bosque y hemos sacrificado la aventura a cambio de la comodidad agónica de vidas sedentarias y grises, sin sentido. Es para llorar ¿o no?.
Este bosque es privado, hay unos individuos que muy raramente lo visitan que son herederos de los que se lo compraron a finales del siglo XIX en la maldita desamortización de los muy malditos liberales, esa burguesía chusca y asesina que sustituyó como clase dominante a la nobleza chusca y asesina del antiguo régimen. Pero yo no reconozco esas escrituras de propiedad, fue sencillamente un robo como el de la iglesia con las inmatriculaciones de Aznar el genocida. Esto fue, es y será una propiedad comunal, hoy los humanos han decidido autoexcluirse de la asamblea que verdaderamente rige y gobierna la montaña azul, de la asamblea de las especies que habitan cuidan y son cuidados por la montaña. Peor para los humanos, pero los trabajos de soberanía ambiental continúan sin ellos: la berrea de los ciervos, el trabajo de airear la tierra que hacen los jabalíes, el estallido amarillo de las genistas, la fiesta en la despensa de los hongos, la lenta labor del agua horadando el duro granito, el canto de la oropéndola, los pasos sigilosos del zorro… La asamblea está ahora revuelta: hay un viejo miembro que nos abandonó hace decenios (a la fuerza ahorcan: le persiguieron a plomo y veneno, con saña, envidia y odio) y que ahora ha pedido permiso al círculo para volver: el lobo.
Este bosque tiene muchos enemigos, muchos retos difíciles, muchas tareas imposibles como amores improbables. Sin embargo: no hay que ceder a la tentación de tirar la toalla, hay que aprender del tesón telúrico de los enebros empeñados en construir suelos sobre los canchales de frío granito como si fueran conscientes de que la ordalía capitalista es sólo un mal trago de unos pocos siglos que tiene los días contados. Hay que aprender de los robles que cada primavera explotan de verde como si Adam Smith no hubiera nacido, como si el criminal de Elon Musk fuera sólo un pobre miserable con una vida de mierda, como si los ecocidas de Iberdrola no dominaran el río que, ya no, fluye ahí abajo en el llano. Hay que cultivar la paciencia de los canchos de granito cubiertos de resilientes musgos heroicos. Hay que elevar la mirada como el águila culebrera por encima de las miserias humanas y gozar de cada día como si fuera eterno, porque lo es.
No hay que ceder, no hay que darles a los malos e inconscientes ecocidas la alegría de la rendición, ni los pájaros, ni los ciervos, ni los robles o los castaños se rinden nunca, hasta cuando mueren siguen procurando beneficios al ecosistema. Y belleza: los árboles, al contrario que los animales, constituyen cadáveres bellos. Sobre el cadáver del capitalismo danzaremos aunque no sea muy bello, danzaremos de la mano de los hermanos animales y las hermanas plantas, con el pueblo de los hongos, de las protoctistas y las bacterias, los cinco reinos danzaremos: hay esperanza.
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