
Más de un lustro después de su publicación original, por fin, el año pasado se tradujo y su publicó en nuestros lares esta magna obra de la botánica norteamericana Robin Wall Kimmerer que lleva decenios trabajando en una síntesis creativa de la perspectiva científica con las cosmovisiones de los pueblos originarios norteamericanos.
Para el pensamiento científico occidental nuestra especie está en la cúspide de la evolución, pero desde los saberes indígenas se entiende a los humanos como “los hermanos pequeños de la Creación”. Somos los últimos en llegar a Gaia (hoy mismo conocemos la última datación del yacimiento etíope de Omo Kidish en que se descubrieron los restos más antiguos de homo sapiens: apenas 230.000 años), y por tanto tenemos mucho que aprender de las demás especies, concretamente de las plantas que pueblan la tierra con un extraordinario éxito evolutivo cientos de millones antes que nuestra especie. “Reconocemos a los árboles como maestros de la observación y del sentir”.
A lo largo de las 5 partes en que Robin divide el libro (Plantar Hierba Sagrada, Ocuparse de la Hierba Sagrada, Recoger Hierba Sagrada, Trenzar Hierba Sagrada y Quemar Hierba Sagrada) nos va relatando sus experiencias y aprendizajes, narraciones en las que trenza con maestría sus vivencias como estudiante de botánica, como científica, como madre, como educadora ambiental, como activista y como ciudadana mestiza de la potencia norteamericana, en relación con el mundo vegetal y con la naturaleza en general. Una trenza de bellos relatos a la búsqueda de “sanar nuestra relación con la Tierra”.
Así por ejemplo en la primera parte indaga en la potencialidad de los idiomas indígenas en vías de extinción (“cuando un idioma desaparece, no se pierden sólo las palabras. Todo idioma es también un hábitat de una serie de ideas que no existen en ningún otro lugar” escribe la autora más adelante) para articular “una gramática de lo animado”. El inglés (y todo el resto de lenguas europeas) es muy restrictivo y arrogante en su expresión de la excepcionalidad humana: sólo lo humano es “animado” y por lo tanto digno de respeto y preocupación moral. En las lenguas indígenas, por el contrario, los árboles no son objetos, los animales no son cosas.
Las resistencias del sector veterinario de nuestro país al cambio del estatus jurídico de los animales de compañía para que dejen de ser “cosas” o bienes muebles, la ofensiva contra la consideración del lobo como especie protegida, o los ataques de las mafiosas organizaciones agrarias a Garzón por sus críticas a la ganadería “Auschwitz”, ilustran este antropocentrismo ciego, criminal y a la postre suicida que caracteriza a nuestra cultura. “Cuando un arce es ESO, nada nos impide sacar la motosierra. Cuando es ÉL, nos lo pensamos dos veces”. “Tal vez una gramática de lo animado podría llevarnos a formas completamente nuevas de vivir, a que las otras especies sean también pueblo soberano, a un mundo organizado según una democracia de las especies frente a y no a partir de la tiranía de una sola, a la responsabilidad moral hacia el agua, y hacia los lobos…”. El pueblo Anishinaabe del que procede la autora tratan a los árboles como personas: “la gente que se yergue”, y “para mis vecinos de la nación Onondaga el Arce es el líder de los árboles”.
Cada capítulo de este libro maravilloso narra acontecimientos sencillos de una vida intensa en contacto íntimo con la naturaleza: la extracción anual del dulce sirope de Arce, la cestería tradicional de láminas de madera de Fresno Negro, la limpieza de un estanque de agua, la recolección de judías, las enseñanzas a su alumnado, el trabajo nocturno de salvar salamandras del atropello mientras llueven bombas sobre Bagdad, la observación de los líquenes, la contemplación de la lluvia, o la experiencia de la maternidad: “ser una buena madre significa enseñar a tus hijos a cuidar del mundo”, y aunque sus dos hijas son ya se emanciparon tiempo ha, Robin sigue empeñada en seguir siendo buena madre: “el radio de acción de una mujer sabia la excede a sí misma, a su familia y a la comunidad humana. Acoge al planeta entero, se hace madre de la tierra… Una buena madre se convierte, con los años, en una mujer de vasta riqueza eutrófica, consciente de que su labor no habrá terminado mientras no exista un hogar sano para todas las criaturas. Hay nietos que alimentar, hay renacuajos, nidadas, ansarinos, semillas y esporas, y yo no he dejado aún de querer ser una buena madre”.
Un día el maestro de su hija le llama para decirle que su hija se niega a levantarse con el resto de la clase a recitar el Juramento de Lealtad a la república y los USA, con el que la infancia y la juventud norteamericanas comienzan las clases, y esto le sirve para comparar este ritual civil con el Mensaje de Gratitud que recitan los Onondaga, en el que se le da las gracias a cada elemento de la Creación (a las plantas comestibles, a las curativas, a “todos los animales hermosos del mundo que caminan con nosotros”, a los peces, a los árboles, “a nuestra madre, la Tierra”, etc,) por cumplir su deber y su responsabilidad y esto le lleva a compartir sus reflexiones sobre la cultura de la gratitud, tan opuesta a nuestra cultura del consumo y la insatisfacción permanentes: “en una sociedad consumista, estar satisfecho con lo que se tiene supone una propuesta radical. Reconocer la propia abundancia en lugar de la escasez, mina los principios de una economía que crece gracias a la generación de deseos irrealizables. La gratitud cultiva una ética de la plenitud, mientras que la economía requiere de vacío”. La gratitud va unida a la reciprocidad, del mismo modo que los demás seres tienen un deber hacia nosotras mismas, nosotras tenemos deberes para con los demás seres: “el Mensaje de Gratitud describe nuestra mutua lealtad como delegados humanos en la democracia de las especies” porque superando el estrecho marco mental y conceptual de nuestros nacionalismos antropocéntricos, si “la ciudadanía es una cuestión de creencias compartidas, yo creo en la democracia de las especies… si todos los ciudadanos nos ponemos de acuerdo en aceptar unas leyes para la nación, yo me adscribo a la ley natural, la ley de la reciprocidad, de la regeneración, de la prosperidad mutua”.
Especialmente relevante es el concepto indígena de Cosecha Honorable. Los seres humanos somos heterótrofos, nos alimentamos de otros seres, no tenemos otro modo de acopiar y asimilar la energía del sol y los minerales de la tierra, “vivimos vicariamente a través de la fotosíntesis de otros seres”. Cuando tomamos y matamos vidas en beneficio de la nuestra tenemos (o deberíamos tener) un dilema moral: “¿cómo podemos consumir haciendo justicia a las vidas que tomamos?”. Siendo una especie tan ecodependiente cuya supervivencia a nivel individual y colectiva depende tanto de las otras vidas que nos acompañan en Gaia, es del todo obvio que ¡urge proteger a esas vidas de las que dependemos!. El saber ecológico tradicional de los recolectores indígenas posee muchas fórmulas para favorecer el cuidado, la conservación y la sostenibilidad que se articulan como los principios de la Cosecha Honorable: conocer las plantas, presentarse ante ellas, pedirles permiso para recolectarlas, no llevarse nunca el primer ejemplar que encontramos, ni el último, tomar sólo lo que se necesita, tomar sólo lo que se nos ofrece, nunca coger más de la mitad de las plantas, minimizar el daño de la cosecha, no desperdiciar nada, compartir, agradecer, obsequiar, sostener lo que nos sostiene… Alguien podría pensar que esta ética de la gratitud y la reciprocidad sólo es aplicable por indios recolectores del pasado, pero Kimmerer cree (y yo con ella) que en nuestros actos de consumo, en nuestro modo de gastar el dinero, podemos guiarnos también por una ética del cuidado que corresponda al mundo no humano y vaya reconstruyendo nuestro vínculo con los otros seres. Así sortearíamos la honda tristeza que nace del distanciamiento de la Tierra en que (mal) vivimos, esa “soledad de especie” en que estamos atrapadas y que, en el fondo, tanto nos duele. La tarea es volvernos nativos: “vivir como si el futuro de tus hijos importara, cuidar la tierra como si nuestras vidas y las vidas de nuestros parientes dependieran de ello, porque en realidad es así”.
Para nuestra autora es incomprensible la dicotomía que opone el amor a la gente y el amor a la tierra, “amar a una persona es un acto poderoso que puede cambiarlo todo, sin embargo actuamos como si el amor la tierra fuese una cuestión meramente individual, interna, sin repercusión fuera de los límites de la mente y el corazón”. Cuando amamos la Tierra, esta nos corresponde, cuando cuidamos la Tierra, esta nos cuida: “saber que tú amas a la tierra te transforma, te activa para defenderla y protegerla y celebrarla. Pero cuando sientes que la tierra te ama a ti también, ese sentimiento convierte una relación unidireccional en un vínculo sagrado”. Cuando le preguntan qué es lo que ella recomienda para restaurar la relación perdida entre la gente y la tierra su respuesta es “Plantar un huerto”, “un huerto es la forma con que la tierra nos dice: te quiero”.
Otro modo de amarla es celebrar a la tierra y sus dones, las ceremonias indígenas son el modo tradicional de esta celebración, “trascienden los límites del individuo y resuenan más allá del reino de lo humano”. Las ceremonias no sólo pulsan lo mágico y lo trascendental, para nuestra querida y admirada botánica mestiza “son actos de respeto poderosamente pragmáticos… son actos que magnifican la vida, que celebran la vida de otras especies y ciertos eventos del ciclo de las estaciones. Las ceremonias deberían ser creaciones recíprocas, orgánicas, en las que la comunidad diera forma a la ceremonia y la ceremonia diera forma a la comunidad”. Pero también nos advierte que devenir nativo no es ponerse a hacer el indio, las ceremonias que debiéramos reinventar o restaurar “no deberían ser apropiaciones culturales de otros pueblos”. Todos los pueblos tienen, o tenían antes de la demolición que ha supuesto la modernidad capitalista y el monoteísmo, tradiciones que estaban entroncadas al ritmo cíclico de la vida, conectadas a la naturaleza, enraizadas en sus paisajes. En nuestro espacio peninsular tenemos las culturas prerrománicas, las prácticas campesinas y pastoriles, los rituales precristianos del paganismo…
Los maestros y las maestras de la naturaleza pueden tener apariencia frágil y complicados nombres como Umbilicaria americana que es un majestuoso liquen de las rocas, como todos los líquenes es una asociación de un alga y un hongo, el alga hace la fotosíntesis y produce azúcares, el hongo está especializado en disolver minerales de las rocas sobre las que vive, pero necesita carbono y a cambio protege al alga del exceso de sequedad. Este tipo de simbiosis difumina los límites entre individuo y comunidad, “en tiempos de abundancia, las especies puede sobrevivir por sí mismas. Pero en el momento en que las condiciones se endurecen y la vida se vuelve difícil, llena de penurias, hace falta un equipo comprometido con la reciprocidad para salir adelante en condiciones de escasez. Las relaciones con los demás y la ayuda mutua son esenciales para la supervivencia… en un solo cuerpo el liquen une los dos grandes caminos de la vida: la llamada cadena alimentaria del pastoreo, que funciona por acumulación de criaturas, y la cadena alimentaria saprofítica o de detritus, que funciona por eliminación de criaturas. Los que producen, y los que descomponen, la luz y la oscuridad, los que dan y los que reciben imbricados en los brazos del otro, la urdimbre y la trama de la misma manta, tejida con tanto esmero que es imposible discernir a uno y a otro. Los líquenes, una de las criaturas más antiguas de la tierra, nacieron de la reciprocidad”. Hay tanto que aprender de la naturaleza que hasta un humilde liquen contiene más sabiduría práctica y más virtud moral que todo el Ibex 35.
El bosque es la mejor y más bella escuela de la vida, el ecosistema que lleva al clímax la cooperación, el apoyo mutuo, la simbiosis entre especies, la coordinación de funciones biogeoquímicas para promover la estabilidad y la conservación de entornos amables para la vida, “las culturas primarias, como los bosques primarios, no han sido exterminados”. Pese al enorme daño perpetrado por nuestra civilización en los últimos 500 años, la Tierra conserva el recuerdo de estos bosques primarios, y en los pueblos hay recuerdos de estas culturas ancestrales, por lo que hay posibilidad de regeneración, de regeneración mutua: regenerar bosques es regenerar culturas emboscadas, montaraces, campesinas. La tarea es inmensa pero empieza con pequeños y sencillos pasos como prestar atención: “lo menos que podemos hacer para corresponder a la extraordinaria exuberancia de la Tierra es observarla con atención. Prestar atención es también una forma de reciprocidad con el mundo natural… prestar atención es admitir que tenemos algo que aprender de las inteligencias ajenas, no humanas”.
Kimmerer nos describe una de las figuras horrendas de las cosmovisiones nativas: el Wendigo. Es una figura que resuena en los ogros y monstruos de nuestros cuentos populares, con los que se advierte a la infancia de determinados peligros míticos y/o reales. El Wendigo es un ser humano cuya avaricia ha desbordado su capacidad de autocontrol hasta el punto de que cualquier satisfacción deja de ser posible. Paradójica y dramáticamente nuestra economía y nuestra cultura está atrapada en la imagen arquetípica del Wendigo: “el egoísmo indulgente que nuestro pueblo consideraba monstruoso se celebra hoy como un éxito, esa mentalidad que sólo piensa en el consumo se camufla como ‘calidad de vida’ mientras nos corroe por dentro”, y así estamos insertos en un sistema económico perverso que defiende el crecimiento económico ilimitado “como si el universo hubiese revocado para nosotros las leyes de la termodinámica”. Pero la escisión monstruosa no es sólo económica, es espiritual, emocional y psicológica, citando al psicólogo R. J. Clifton: “la supresión de la capacidad de respuesta natural al desastre es parte de la enfermedad de nuestro tiempo. El rechazo a reconocer estas repuestas provoca una escisión peligrosa. Separa las disquisiciones mentales de aquello que nos arraiga en la matriz biológica, intuitiva y emocional de la vida. Esta división permite que nos convirtamos en espectadores pasivos y aquiescentes de los preparativos de nuestra propia caída”.
Cuando tomamos conciencia de estas escisiones y amenazas tenemos dos caminos: la desesperación que conduce al nihilismo, o la esperanza activa que conduce a la alegría, Kimmerer opta por la segunda vía. Aunque el lamento es una forma de salud espiritual (“no amaremos nuestro planeta hasta que seamos capaces de sufrir por él” dice citando a Joanna Macy), ni siquiera un mundo tan herido como el nuestro deja de alimentarnos, de sostenernos, de darnos momentos de asombro y felicidad. “Yo elijo la alegría, no la desesperación porque la Tierra me trae alegrías nuevas cada día y he de devolverle el obsequio”. El ecologismo contemporáneo se ha convertido en sinónimo de pesimismo e impotencia, en tristeza derrotista, la fórmula habitual de “si la gente supiera cambiaría o se movilizaría”, comprobamos a diario que no funciona: la gente conoce las consecuencias del daño de sus actos individuales y colectivos, la devastación de la economía extractiva, pero no se detienen, no levantan el pie del acelerador, no educan a sus hijos en la frugalidad y el respeto a los límites sino lo contrario. El discurso apocalíptico del advenimiento del fin del mundo en forma de colapso generalizado provoca desesperación y la desesperación desmoviliza y paraliza, que es justo lo contrario de lo que la Tierra necesita en estos momentos críticos. “La Tierra pide ayuda” y la autora explica que un poderoso remedio contra la desesperación es el trabajo de restauración. El lamento, con ser justificado, no es suficiente, no es suficiente ni siquiera dejar de hacer daño, hace falta ir hacia la Restauración Ecológica (las agriculturas y ganaderías regenerativas, el rewilding o renaturalización de ecosistemas y espacios, la reconstrucción de vínculos comunitarios y afectivos también con las otras especies, etc.), una restauración que ha de ir más allá de la concepción mecanicista de los ecosistemas que tiene la academia neodarwinista. Para el pensamiento-praxis indígena los ecosistemas no son máquinas de piezas (especies) y funciones, sino “una comunidad de seres soberanos, sujetos y no objetos: las plantas son las primeras ecólogas restauradoras, sanan la Tierra y nos muestran el camino”, “la Tierra no es una máquina sino una comunidad de personas no-humanas con las que el humano tiene una responsabilidad”.
Si la Restauración es esencial para la tarea de sanar la Tierra, la reciprocidad es esencial para que la restauración perdure y tenga éxito: restauramos la Tierra y la Tierra nos restaura a nosotros, es lo que Kimmerer denomina restauración biocultural o recíproca: conforme trabajamos para sanar la Tierra, la Tierra nos sana a nosotras.
Como científica de origen indígena hace una distinción entre Ciencia y cosmovisión científica (otros autores hablan de ‘cientifismo’: la ideología acientífica y autoritaria de la tecno-ciencia actual al servicio del capital). La ciencia es, o debiera ser, fuente y depósito de conocimiento, un proceso de revelación del mundo mediante el cuestionamiento racional que coloca al investigador en una situación en la que concurren el asombro y la creatividad del individuo que trata de comprender los misterios del mundo no humano. Por contra la cosmovisión científica impregnada de neodarwinismo neoliberal es enemiga de la compasión ecológica, “muchos científicos creen que la única inteligencia es la suya propia y carecen de humildad que es el ingrediente fundamental para aprender del resto de las especies”. “La cosmovisión indígena plantea que en la democracia de las especies, los humanos somos seres ligeramente inferiores. Somos los hermanos pequeños de la creación, y como todo hermano pequeño debemos aprender de nuestros mayores. Las plantas fueron las primeras en llegar y han tenido tiempo para descubrir unas cuantas cosas. Viven tanto por encima como por debajo de la superficie y mantienen la tierra en su sitio. Saben generar comida a partir de luz y agua. No sólo se alimentan a sí mismas, sino que producen lo suficiente para alimentarnos a los demás. Las plantas son las que proveen al resto de la comunidad y representan la virtud de la generosidad, siempre dispuestas a entregarnos su alimento.”
La profecía del Séptimo Fuego dice que la gente que habita la Tierra se encontrará con una bifurcación con dos senderos: “uno de los senderos es suave y verde, cubierto de hierba fresca… el otro es de un negro calcinado, duro”. Si elegimos el primero daremos sostén a la vida, si optamos (siguiendo el dictado de las élites del capitalismo suicida global) por el segundo “los daños que le ha causado a la Tierra se volverán contra la gente y traerán sufrimiento y muerte a todas las criaturas del planeta”. El pueblo del Séptimo Fuego no debe caminar hacia delante: “su misión sería volver sobre los pasos de aquellos que nos trajeron hasta aquí. Deberían recorrer la carretera roja de nuestros ancestros y recoger todos los fragmentos que quedaron diseminados por el camino. Fragmentos de tierra, jirones de lenguaje, trozos de canciones, enseñanzas sagradas: todo lo que se perdió”. Los líderes espirituales indígenas interpretan esta profecía como la decisión que hemos de tomar entre seguir la senda del materialismo consumista que nos pone en riesgo de colapso y autodestrucción y la senda de la sabiduría, el respeto y la reciprocidad.
La decisión es ahora, el pueblo del Séptimo Fuego somos nosotras. Todos nuestros ancestros nos observan y esperan de nosotras una decisión valiente. Todas las generaciones futuras de nuestra especie y de las demás nos exigen que seamos honestos, humildes, generosas y nos comprometamos tanto con el pasado del que venimos, como con el futuro al que nos debemos. No podemos seguir arrojando deudas, cemento, basuras, chatarra radioactiva, extinciones y guerras, al futuro. Las otras especies históricamente han hecho grandes sacrificios en favor de la nuestra, ahora ha llegado el momento de que nuestra especie haga grandes sacrificios en favor de las otras. Es la ley de la reciprocidad de Gaia, una ley que como las de la termodinámica, no se puede seguir violando sin que ello nos traiga tremendas y lamentables consecuencias.
“El Cambio Climático derrotará sin lugar a dudas a todas aquellas economías basadas en la apropiación desmedida que no da nada a cambio. Pero antes de que el Wendigo muera, destruirá mucho de lo que amamos”. La alternativa al Wendigo fósil, nuclear, patriarcal e industrializado se puede ilustrar con la imagen india de “una vasija y una cuchara”: los dones de la tierra están en una sola vasija y han de compartirse con una sola cuchara. Es el planteamiento económico de lo común, el comunismo material y amable de la democracia de las especies: todos los recursos esenciales para nuestro bienestar (agua, aire, tierra, bosques…) son bienes compartidos, no mercancías. Para poner en marcha esta alternativa no sólo hacen falta cambios políticos y estructurales, hacen falta cambios en el corazón: una cultura de la gratitud en la que la generosidad es un imperativo moral y material, “el honor de dar y la humildad al recibir son las mitades necesarias de la ecuación”.
Finaliza Robin Wall Kimmerer su espléndida y conmovedora (de mover en común) obra así: “el pacto moral de la reciprocidad exige que honremos la responsabilidad contraída por todo lo que se nos ha entregado, por todo lo que hemos tomado. Es ahora, llevamos demasiado tiempo posponiéndolo. Celebremos una ceremonia para la Madre Tierra, extendamos las mantas hacia ella y coloquemos encima los obsequios que le hemos traído. Imaginemos todos esos libros, las imágenes, los poemas, los artefactos, los actos compasivos, las ideas trascendentes, las herramientas perfectas. La defensa con uñas y dientes, de cuanto ella nos ha entregado. Dones de la mente, de las manos, del corazón, de la voz y de la imaginación. En honor de la Tierra. Esa es la misión que se nos ha encomendado: entregarle nuestro obsequio y danzar por la renovación del mundo.
A cambio del privilegio de respirar.”
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